martes, 27 de marzo de 2012

Horacio y la plaza

Es increíble que tengamos que despedir a Horacio un 24 de marzo.



Horacio estuvo todos los años en la plaza, desde hace años. Hizo la escultura, y todos los años cambió el mural. Lo hacía con sus alumnos. Varias veces estuvieron mis hijos.
Mientras el acto se iba desarrollando, a un costado ellos pintaban, sobre el mural. Empezaban antes y terminaban después. Su tarea duraba más que el acto.

Un año hacía frío, un frío inesperado, los primeros fríos del otoño. Le presté un camperita mía de matelasé roja, que le quedaba muy chiquita, pero igual se dejó un rato puesta. Ese año se mojaron él y sus alumnos, pero no se fueron hasta que terminaron.

Yo estaba enojada con él, porque Horacio hacía cosas que hacían enojar a la gente. Me enoja que les haya dejado a los chicos la culpa de no haberse podido despedir de él con el cariño que se tuvieron durante años.

Aun así, nada cambiará todo lo que les dio, horas de su vida, su confianza, su amor por el arte.

Hoy va a ser más triste la plaza sin Horacio, porque hace años que él estaba ahí siempre, todos los 24.

domingo, 11 de marzo de 2012

Sobre El Pueblo Feminista, de Graciela Di Marco

Ayer Mateo Ciampagna me recomendó esta entrevista de la socióloga Graciela Di Marco, sobre la publicación de su libro El Peblo Feminista, de editorial Biblos. La comparto.
La nota es del suplemento Las 12, del 16 de diciembre de 2011



LA PRIMERA DECADA DEL RESTO DE NUESTRA HISTORIA

La socióloga Graciela Di Marco analiza cómo la movilización popular que hizo eclosión “el 19 y 20” despertó la conciencia de género en muchas mujeres del movimiento piquetero, cómo su participación en los Encuentros Nacionales de Mujeres las modificó y cómo ellas modificaron al movimiento de mujeres. En ese ir y venir se gestaron estrategias para enfrentar la violencia, se puso en la calle la construcción de una maternidad política –de la que las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo fueron precursoras– y cómo, diez años después, asistimos a un cambio cultural profundo que confrontó y comprometió a los varones de los mismos movimientos. Di Marco habla de un “pueblo feminista” que hizo posible, entre otras cosas, que hoy exista el matrimonio igualitario.
Por Juana Celiz
¿Sacudir el brazo y tomar la palabra como un trueno (¡Pi-que-teros, carajo!) impactó en la vida cotidiana de las mujeres de los movimientos sociales? ¿Despertó en ellas la conciencia de género? ¿Sumó igualdad a sus relaciones familiares? ¿Tuvo el apoyo de sus parejas? ¿Resultó una dulce condena para ver, para siempre, el mundo de otro color? ¿Qué pasa en tu cabeza cuando te convertís en protagonista, a cuenta de tu exclusión, de una de las formas de protesta social más visibles, objetadas, criminalizadas, demonizadas de la historia reciente del país? Ya lo dicen sus remeras –con una serigrafía que transpira street art– a la altura del corazón: “Revolución en la plaza, en la casa y en la cama”.
La socióloga Graciela Di Marco indagó durante diez años a las mujeres de distintos movimientos sociales. Los últimos diez años, los primeros de este siglo. El resultado está en El pueblo feminista. Movimientos sociales y lucha de las mujeres en torno a la ciudadanía (Ed. Biblos Sociedad). Sin tratarlas como heroínas ni víctimas, latió con ellas, se acercó, las observó, las abrazó, aprendió, las entendió, las aplaudió. Anotó sus conclusiones no sólo como la versión local del feminismo popular: lo enmarcó en otro fenómeno más amplio y poderoso al que bautizó “pueblo feminista”. Porque Di Marco, que es doctora en Ciencias Sociales, termina de conformar sus hipótesis desenredándose en una trama mucho más potente de la que imaginó. Fue cuando miró el desfile de las “pasarelas sociales”, como llamó Maristella Svampa al mix que permitió la crisis del 2001. Qué pasó cuando estas mujeres en movimiento se cruzaron con el movimiento de mujeres. Y viceversa.

Recorriste piquetes, movimientos de trabajadores desocupados, fábricas recuperadas, asambleas. ¿Cuál fue el hallazgo que te parece más interesante?

–Eran distintos movimientos. Pero al profundizar en sus lógicas y en los discursos de derechos de varones y mujeres un dato me llamó la atención. Primero, miré los Encuentros Nacionales de Mujeres y un punto de inflexión: el de San Juan, en 1997. Hay que decir que en la Argentina los ENM son un factor dinamizador de la lucha de las mujeres que no se han dado en ningún país de Latinoamérica. Fue en San Juan que la Iglesia empieza a boicotear el espacio. ¿Por qué? Yo sentía que había otra cosa. Resultó que en esos años se dio el pico de cortes de ruta y acampes, y la dirigencia masculina empezó a mandar a sus mujeres: mujeres populares que no se habían definido como feministas pero que al volver se plantan: “Ya no soy la misma”. Y que en su práctica cotidiana quizás iban a la Iglesia, tenían predilección por una virgen o por otra, pero hacían lo que querían con su cuerpo, por ejemplo en relación al aborto. ¿Qué alarma a la Iglesia? Que no van a los Encuentros a plantear cuestiones que tienen que ver con la pobreza, sino con sus cuerpos.

“Ya no soy la misma.” ¿Y ahora qué?

–Una de ellas cuenta que así pudo reconocer que tenían espacio en su organización, ¡pero en la comisión de mujeres! Así empezó la lucha por un lugar en la comisión directiva. Las de la Coordinadora Aníbal Verón vuelven y hacen algo fantástico: aprovechan la vigilia por el aniversario de Darío y Maxi para reflexionar con las piqueteras cómo se juegan las relaciones de poder entre mujeres y varones adentro de su movimiento. Hoy se han declarado, además de anticapitalistas, antipatriarcales.

¿Había experiencia de feminismo popular en nuestro país?

–No. Hubo un feminismo popular fuerte en Brasil en los ‘80; lo hubo antes de Pinochet, en Chile. Pero en la Argentina siempre hubo más bien un feminismo de clase media con dificultad de penetrar en los sectores populares.

Hablás de “las mujeres en transición”. Decís que los procesos tienen “un timming que es pedagógico”.

–A través de la acción colectiva ellas ponen nuevas demandas en la arena pública. Al hacerlo se transforman. Ya no son las mismas. Las demandas construyen las identidades. Se puede ver empíricamente: ellas se sienten reconocidas por el nombre del movimiento. En estas cuestiones de construcciones identitarias no es que vas a una marcha y sos otra persona. Depende de tu propia historia, y acá está lo subjetivo: cómo podés involucrarte en la acción colectiva y cómo la acción colectiva, al mismo tiempo que vos la transformás, te transforma. Por eso es pedagógico. Esto lo he visto ahora como nunca.

PALOS Y TOALLITAS

Antes de demonizar los cortes, los diarios titulaban: “El piquete tiene cara de mujer”. Ellas incluso se ocupan de la seguridad del grupo. ¿Cómo llegan? ¿Cómo lo viven?

–Probarse en la acción de seguridad es también un sentimiento de poder. Ocupan un lugar diferente, muestran que lo pueden hacer bien, que son disciplinadas, que tienen fuerza, que pueden correr. Lo toman con el plus del altruismo materno construido por una visión esencialista de las mujeres. Ahí hay un juego: usan rasgos que se les atribuyen –que son buenas, cuidadoras– y los transforman para tener reconocimiento en el movimiento. Los varones lo toman como una actividad más porque no tienen que demostrarse tantas cosas.

En tu libro diferenciás que ellas puedan enfrentar a un policía pero no a una pareja o compañero machista...

–Son los matices y las contradicciones. Una vez pasó que un militante golpeó a su mujer. Y la golpeó con el palo que ella usaba cuando cumplía funciones de seguridad del movimiento. Se sabe, también, de una dirigenta muy polenta, peruana, que no pudo llegar a recibir un premio a su actividad porque el marido la cagó a palos antes.

Entre las agrupaciones que le hicieron un lugar a la problemática de género, ¿qué alternativas surgieron?

–Lo interesante es que hubo estrategias que fueron más allá del área de mujeres. En Mar del Plata, en una asamblea discutieron un caso y entre todos y todas decidieron la exclusión del hogar del marido golpeador. Me pareció una estrategia pacífica a favor del cuidado. En la Corriente Clasista y Combativa armaron un refugio para mujeres con sus hijos. Han hecho piquetes frente a comisarías acompañando a alguna compañera que denunciaba. En un primer momento aparecieron estrategias más bien vinculadas con la práctica piquetera. En otros MTD, donde las mujeres no tenían el mismo grado de estrategias, las resoluciones eran del estilo “ojo por ojo”: te golpea con la botella, devolvele con la botella. Pero en todas las alternativas se enarbolaba el derecho al cuerpo, el derecho a la vida. Hoy se sigue tratando de ver formas creativas de atención que no sean las típicas de los aparatos del Estado. Más allá de eso, esas expresiones muestran cómo el tema aparece aunque no sea la pregunta que se está haciendo. Cómo atraviesa todas las relaciones sociales.

¿Qué respondés si una mujer te dice que necesita ayuda? Están frustradas con las instituciones “burguesas”.

–Yo parto de un enfoque de democratización de las relaciones entre los géneros y de los adultos respecto a niños y jóvenes. Es un enfoque de prevención. Por supuesto, se movilizan muchas emociones. Si alguien plantea un caso, sugiero intentar primero por vía institucional. Pero no es sólo ir y denunciar. Hay que sostener a esa persona. También creo en la estrategia de enfrentar la violencia haciéndola pública y a través de los recursos que son las redes sociales. Activar la familia, ofrecer apoyo comunitario, buscar apoyo profesional –porque hay trámites que hacer para proteger a la persona y para eso tenemos leyes que sancionan la violencia–. La familia sola, para resolver los grandes problemas que tenemos en estas sociedades, es un recurso escaso y con muchas limitaciones.

¿Por qué el tema no apareció en las asambleas barriales?

–Es que las prácticas que inhibían la participación de las mujeres eran más encubiertas. En algunas, ellas tenían su comisión de la mujer, lo mismo que podría pasar en una parroquia o en un sindicato. ¡Como los machistas leninistas de nuestra época! Pero hubo otras asambleas donde había feministas y esto sí se debatía más, como la de San Cristóbal y San Telmo.

En el otro extremo está la experiencia de la Asamblea Permanente por el Derecho al Aborto...

–Es que cuando emergen las asambleas barriales el feminismo tuvo una estrategia fantástica. Se venía luchando desde que comenzó la democracia, cada vez se tenían más logros. Habían llegado a los legisladores, a ciertos miembros de otras iglesias. Pero faltaba algo. Faltaba poner en escena el aborto como está ahora: como demanda de las mujeres populares.

¿Cuál fue esa estrategia?

–Las feministas más activas se meten en las asambleas y después crean la Asamblea por el Derecho al Aborto. De esta idea surgió la propuesta de organizar por primera vez, en el ENM de Rosario, en 2003, un taller sobre estrategias para el derecho al aborto. Implicó un paso superador: ya no se debatía la legislación sino cómo llevarla a cabo. La Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, la primera de alcance federal, surgió de los talleres del ENM de Mendoza, en 2004.

A este proceso lo bautizaste “pueblo feminista”. ¿Por qué?

–Porque se genera una fuerza contrahegemónica frente a la hegemonía conservadora, representada por la jerarquía católica y sus aliados. Y es ahí donde se construye un pueblo como identidad política. A ese pueblo lo denomino pueblo feminista, y de esa forma digo que hay una identidad política que no es solamente de mujeres, que el feminismo puede ser de mujeres y varones. Y que la legalización del aborto es el significante vacío de un debate que va más allá: es la demanda por un país laico.

¿Qué significa el aborto para las mujeres populares?

–Ellas lo tienen hecho carne, no lo tienen teorizado. Son capaces de enlazar querer una vida sin violencia con algo concreto como reclamar preservativos. Cuando fue el auge del Plan Jefas y Jefes, además les daban bolsas de comida y de productos de limpieza, entonces ellas exigían preservativos. Lo tenían claro: preservativos para no embarazarse y aborto legal para no morir.

¿Descubriste que las toallitas femeninas son un símbolo de qué?

–Fue otra cosa que aprendí. Una obrera de una fábrica recuperada que iba a hacer el aguante en Brukman me dijo: “Les llevo toallitas”. Entendí que es algo de lo que no se habla, que parece de mal gusto. Pero es un hecho. No tener agua, no poder lavarte, tener una infección urinaria o vaginal es, además de doloroso, oloroso. Huele. Huele socialmente. Vas a la salita y te tratan de sucia: entonces, por las dudas, no vas. ¿Cómo hacés para ir a una asamblea y levantar la mano si te sentís mal con lo que te está pasando? Por eso me gusta pensar esto desde el concepto de ciudadanía sexual, que incluye todo tipo de autonomía respecto del propio cuerpo y las propias decisiones. Abarca todo esto: desde la toallita hasta no aceptar ser víctima de violencia ni que te dictaminen cuántos hijos vas a tener ni qué tipo de identidad sexual te va a definir.

HAY OTRA HISTORIA

¿Qué significa la aparición de grupos como los Varones Antipatriarcales del Frente Darío Santillán?

–Su lema es “Ni machos ni fachos”. Una de las primeras apariciones públicas fue con polleritas cortas el día de la no violencia contra las mujeres, hace dos años, en La Plata. Muestra que estas cuestiones están vivas e incumben también a los varones. Que se van creando diversas modalidades para armar este pueblo feminista, esta identidad política feminista.

¿La militancia modificó también la maternidad de las mujeres de las agrupaciones?

–En los ‘80, escribimos que las Madres de Plaza de Mayo estaban construyendo un nuevo tipo de maternidad. Esta ya no estaba subordinada al yo-y-mis-chicos sino que estaba implicada en una demanda al Estado sobre el paradero y la vida de todos los hijos e hijas desaparecidos. Eso lo veíamos también en la lucha de las mujeres en los barrios vinculadas a la demanda de viviendas, de salitas para todos. A ese hilo conductor lo llamamos maternidad social o política. En mi estudio de las piqueteras he visto que ellas no justifican su militancia por el pan que les van a llevar a los hijos. La disfrutan. Y cuando los llevan a la marcha o al acampe van todos: con el carro, con la olla, con el perro. Hay, ahí, una idea de cuidado colectivo.

Mientras, la mirada conservadora que lo sigue por tevé se espanta.

–Piensan: “¡Mirá cómo exponen a los pibes!”. No pueden entender que el cuidado de los hijos es también social. El de piqueteros es un colectivo. En los acampes se comía mejor, se entretenían más... Dos días antes empezaban a prepararse. Era un festejo. Marchaban entre compañeros. Conocían gente. Cruzaban fronteras geográficas, de clase. Tomaban mate. La mirada del sector onda country o con deseos de country no podía comprender.

Sin el “19 y 20”, ¿qué espacios habrían sido hipotéticos transformadores de identidad?

No lo sé. Lo que sé es que hubo una conjunción histórica extraordinaria. Hubo, además una estrategia política inteligente de parte de militantes feministas y militantes populares para que todo se articulara de esta manera. Uno de los resultados más impactantes fue esta construcción: el surgimiento de un pueblo feminista. Apunta a un cambio cultural muy fuerte en un país latinoamericano, católico, en el que el catolicismo no necesita tener un partido propio porque impregnó a todas las capas dirigentes. Que este sea el primer país de la región en tener el matrimonio igualitario marca la capacidad de transformación cultural de los movimientos sociales. Aunque la gente diga no hay más asambleas vecinales y no sepa nada de las empresas recuperadas. Veo una construcción de una identidad política tan profunda, tan enraizada en algo que es cultural, que es más difícil de mover. Un cambio político se puede dar rápido, uno económico más rápido todavía. Pero un cambio cultural necesita tiempo. Y necesita de estos momentos históricos.


sábado, 7 de enero de 2012

Del cupo a la paridad

Si las cosas que deben ocurrir ocurrieran espontáneamente, no sería necesario pensar correctivos.


 
En estos días estoy leyendo un libro de Isaac Asimov que se llama "Trilogía de la Fundación", escrito entre 1951 y 1952. El autor puede imaginar muchos matices de la vida cotidiana del Imperio Galáctico, pero el lugar de las mujeres es el mismo que tienen en su propia sociedad de mediados del siglo pasado. Hablando de uno de los planetas dice Asimov: "Kalgan estuvo siempre al servicio de los perfumados y elegantes caballeros de la corte imperial y de sus resplandecientes y lascivas damas; de los toscos y bulliciosos señores guerreros que gobernaban con mano férrea los mundos que habían conquistado a fuerza de sangre, y de sus desenfrenadas amantes; de los obesos y extravagantes hombres de negocios de la Fundación y de sus viciosas amigas". Compañeras del hombre. 


Parece que hemos avanzado mucho, sin embargo ...


Es cierto que tenemos presidenta, es cierto que Cristina hizo su propio camino en la política. También es cierto que lo hizo de la mano de un hombre. El  progreso ahí parece ser el haber caminado a la par, que él haya sido un buen compañero para ella. 


Tengo para mí que Cristina fue legisladora todos esos años, en parte por la Ley de cupo (es sólo un hipótesis), seguramente sumado a su vocación y a su capacidad para hacerlo.


Muchas mujeres estuvieron en contra de la Ley de cupo cuando fue aprobada (1991), considerando que tanto las mujeres como los hombres debían ganarse su lugar. En cierta forma la Ley trae consigo el peligro de que ese lugar vacío (el lugar de la mujer en la lista) sea ocupado por "una mujer cualquiera". Sin embargo, los beneficios son mayores que los perjuicios. En una nota de junio del 2011, al cumplirse 20 años de la promulgación de la Ley, Mariana Caminotti, investigadora del Conicet, dice que por un lado la participación de mujeres en los legislativos mitiga la brecha entre la igualdad formal y la igualdad real; y por otro lado  "favoreció la emergencia de voces expresivas de perspectivas sociales novedosas que instalan nuevos temas en la agenda parlamentaria, particularmente en materia de igualdad de género, defensa de derechos y cuestiones sociales".


Rashida Manjoo, relatora especial para las Naciones Unidas sobre la Violencia de Género, opina en una entrevista reciente, que está claro que si hubiera más mujeres en la política los temas de violencia de género estarían más presentes en la agenda de los gobiernos.


La Argentina fue el primer país en establecer una Ley de cupo mínimo de participación. Desde 1991 (en realidad se demoró hasta 1993 su implementación) varios países han incorporado leyes similares: Brasil, Costa Rica, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Panamá, Perú, República Dominicana, Honduras, México y Uruguay. Si bien hay otros ámbitos donde la disparidad es mayor, desde los cuerpos legislativos es desde donde pueden realizarse los cambios (por ejemplo con la Ley de cupo sindical).




 Por eso es necesario ir por la paridad de género,.planteada en las últimas Conferencias Sobre la Mujer de América Latina y el Caribe como una nueva meta regional. En este caso, ya no se trata de un correctivo, la paridad consagra la igualdad en la participación como un derecho.

lunes, 2 de enero de 2012

“Los jóvenes perciben que hay vacíos por llenar en la política”

Nota publicada en Página 12.


 EL FILOSOFO CHILENO MARTIN HOPENHAYN ANALIZA LOS CAMBIOS SOCIOCULTURALES EN LAS NUEVAS GENERACIONES
Con un especial interés en las intensas problemáticas que viven los jóvenes a ambos lados del Atlántico, el filósofo Martín Hopenhayn analiza los rasgos distintivos de la lucha estudiantil en Chile y establece sus distinciones con los indignados del Primer Mundo. La cohesión social, el papel del trabajo y una visión diferente sobre la flexibilización laboral.



Por Natalia Aruguete
–¿Por qué afirma que la cohesión social tiene una doble cara, es decir, una dimensión objetiva y otra subjetiva?
–Parto de una investigación que hicimos en la Cepal hace cuatro años. Desde Europa se empezó a exportar el concepto de cohesión social; ellos estaban en la búsqueda de una cierta homogeneidad en el interior de la Unión Europea. Cuando nosotros retomamos el concepto, lo vimos en términos de inclusión social, es decir, desde los mecanismos propios del Estado y la sociedad respecto del mundo del trabajo e indicadores sociales como la educación, la protección social, el acceso a la seguridad social, las transferencias para los grupos más pobres. El concepto clásico de cohesión social es muy distinto, entonces quisimos completarlo con la otra cara de la moneda, incorporando el cómo se siente la gente respecto de la sociedad: incluida o excluida, si tienen un sentimiento de pertenencia.
–¿Cómo lo hicieron?
–Lo más difícil es “juntar las tablas”, es decir, a los grandes indicadores de inclusión o exclusión social –los indicadores que están en las encuestas de hogares o los censos de población– incorporarles datos demoscópicos que surgen de las encuestas de opinión. La única encuesta que permitía tener una cierta continuidad en el tiempo y comparabilidad en 18 países de América latina era la elaborada por Latinobarómetro, que lo hace desde el año ’95 para varios países. Por ejemplo, prestamos especial atención a las preguntas relativas a la confianza de la gente en las instituciones para poder construir referencias de sentido de pertenencia, o a la percepción de riesgo o seguridad frente a la sociedad como indicadores de seguridad ciudadana. A partir de esta batería de preguntas planteamos que la cohesión contiene, por un lado, la inclusión social y, por otro, el sentimiento de pertenencia.
–¿Qué evolución vieron en esta doble dimensión de la cohesión social a lo largo del tiempo?
–Es muy difícil establecer correlaciones lineales, por varias razones. Primero, porque el correlato subjetivo viene diferido respecto de los cambios en el nivel de la estructura: si baja o no la pobreza, si en un país hay mayor o menor nivel de desempleo. A veces viene con uno o dos años de resabio. En segundo lugar, porque frente a preguntas del orden de lo subjetivo, la gente responde de manera aleatoria, entonces hay que tomar esas respuestas “con pinzas”. Finalmente, porque el sentido de pertenencia no sólo está dado por indicadores duros de exclusión social. Los de Venezuela y Bolivia son casos muy claros.
–¿Qué notaron en esos países?
–Que había una disimetría clara entre ambos indicadores, por lo que dedujimos que el sentido de pertenencia venía dado por un imaginario político. Es decir, son países donde la política ha vuelto a colocarse en el centro de la escena y la gente se siente más entusiasta frente a proyectos nuevos de sociedad.
–Teniendo en cuenta que durante los años ’90 hubo un proceso de despolitización a nivel regional, que fue muy acentuado en los jóvenes, ¿notaron algún cambio en ese sector en cuanto al sentimiento de compromiso con la política?
–Lo que se da en la juventud es muy interesante. Nosotros tratamos de desmitificar la idea de la apatía juvenil con respecto a la política, que se había convertido en un lugar común en el discurso político de hace algunos años. Las preguntas que se permiten recortar para el grupo joven de 18 a 29 años mostraban que, efectivamente, era muy bajo el porcentaje de jóvenes que votaba, aunque no mucho más bajo que el de adultos. Pero la gran mayoría de los jóvenes sí tenía procedencia política, a pesar de no estar afiliados a un partido; no eran indiferentes a la política. Había un muy bajo nivel de sindicalización de los jóvenes, pero tampoco había un nivel mucho más alto de sindicalización de los adultos. Incluso, había un porcentaje más alto de jóvenes que respondía que sí había participado ese año en protestas o movilizaciones. Los jóvenes eran más proclives a convertirse en un actor público que los adultos.
–¿Actor público o actor político?
–Actor público. Creo que recién ahora se está produciendo ese cambio de lo público a lo político.
–¿En qué reside la diferencia?
–En varias cosas. En primer lugar, la juventud tiene una capacidad de movilización sin precedentes, porque funciona más unidamente en redes electrónicas, y ha pasado a organizarse para articular discursos, para presentar información de acuerdo a sus demandas, para convocarse de manera más sostenida en el tiempo. Redes que se traducen en irrupción en la vía pública. En segundo lugar, porque en países con mayor nivel de desarrollo y mayor ingreso per cápita son más los actores que esperan que ese progreso se traduzca en mejores prestaciones y en atención de lo público a sus problemas específicos.
–¿Las reivindicaciones estudiantiles chilenas sería un ejemplo de esto?
–Sí, manifestaciones por mejor educación pública. Creo que esa es una razón poderosa. La tercera razón es que la juventud no se ha sentido muy representada por las instancias de referencia política, sobre todo el Parlamento y el sistema de partidos. Pero de alguna forma percibe que algo está cambiando y que hay vacíos por llenar en el ámbito de la política. Y como además está más empoderada en términos de información, siente que es un actor válido frente a otros actores políticos. Maneja una gran cantidad de información y tiene mayor acceso a otras fuentes de información.
–Sin embargo, en el libro Sentido de pertenencia en sociedades fragmentadas, usted pone en cuestión el hecho de que un fácil acceso al conocimiento suponga una mayor participación en el nivel de las decisiones.
–Eso es cierto hasta ahora por dos razones. Una es que la juventud, sin convertirlo en un discurso explícito, hace una diferencia entre la política y lo político. En algunos lugares –la familia, los clubes, entre otros– hay espacio para decidir. No son “la política”, pero son espacios de poder. El segundo elemento es que hay un salto reciente que tiene que ver con que la juventud hoy en día aparece, o bien porque tiene un manejo de información que la hace sentirse más empoderada políticamente o bien porque la política se abrió como un campo que ya no responde a un pensamiento único. Hay una percepción mucho más generalizada de que la política deja de ser una especie de administración mecánica del aparato burocrático público para ser un espacio donde se pueden tomar decisiones para modificar la sociedad. Eso está bastante claro en la mayoría de los países de América del Sur.
–Pensando en el protagonismo de los jóvenes en las manifestaciones públicas en ambos lados del océano, ¿qué similitudes y diferencias encuentra entre lo que sucede en Chile y en algunos países de Europa?
–En Europa, las movilizaciones juveniles son más reactivas a la crisis y menos propositivas. Son más espasmódicas, no tienen la continuidad que tiene el movimiento estudiantil en Chile, que durante los últimos seis meses ha estado en la calle y no los han podido sacar. Lo que ocurre en Chile está al borde de ser un cuestionamiento antisistémico, con un paquete de reformas amarrado a un cálculo de costos y un pacto fiscal para incrementar recursos para la educación. Por otro lado, las reivindicaciones en Chile atañen específicamente al sistema educativo, aunque se eleven críticas a un sistema social que consagró una división muy fuerte entre lo público y lo privado.
–Además, porque en el caso de los países europeos es toda una definición política llamarse indignados.
–Claro. Como los rabiosos.
–¿Qué papel cumple el apoyo social a las reivindicaciones en Chile para garantizar su continuidad?
–Yo creo que es muy importante. En ese sentido el movimiento estudiantil nunca logró ser aislado respecto del resto de la sociedad. Por otro lado, no produjo un efecto contagio ni derivó en otros sectores sociales, porque podría haber salido la gente en contra de la seguridad social privatizada, o la inseguridad en las minas que se instaló fuerte en la agenda, o el movimiento indígena que fue el movimiento fuerte el año anterior. Es muy paradójico porque no motiva la movilización de otros grupos, pero sí produce un apoyo general.
–¿Por qué logra tal apoyo generalizado?
–Tiene varios componentes. El directo es de filiación intergeneracional: los padres y abuelos de los estudiantes sienten que sus hijos y nietos están siendo parte de un sistema estudiantil que finalmente segrega oportunidades a futuro. Esos padres fueron también víctimas de un modelo que desde hace 30 años funciona sobre la base de un corte público/privado en términos de calidad. Y los abuelos los apoyan porque ellos sí tienen el imaginario de que hubo un momento en que la educación pública era un núcleo de inclusión social y de emparejamiento de oportunidades.
–¿Qué perspectivas ve de que se pueda alcanzar una negociación donde las reivindicaciones de los estudiantes se concreten?
–Sucede que el conjunto de reivindicaciones iba hacia una reforma muy profunda del sistema educativo, que hoy está dividido en tres partes: primero, un sistema descentralizado público, municipalizado, en el cual los municipios pobres cuentan con poca plata para destinar a los colegios. Segundo, un nivel intermedio, semipúblico, que son colegios subvencionados por el sistema de voucher. En esos casos, los dueños generalmente son los directores de esas escuelas, y por cada alumno inscripto reciben una subvención de parte del Ministerio de Educación. Tercero, el sistema privado y las corporaciones religiosas. Entonces, repensar toda el área de la educación subvencionada que cubre más del 40 por ciento del alumnado no se puede hacer de un día para el otro. Revertir la descentralización que se hizo en los años ’78 y ’79 y volver a una educación pública centralizada, más homogénea y que asigne fondos desde el Estado y no desde los municipios, requiere tiempo. Por otro lado, generar mecanismos de transferencia de lo que recoge la educación privada hacia la educación pública es parte de una lógica redistributiva que no es políticamente aséptica, todo lo contrario.
–¿Qué acciones sería necesario implementar desde el Estado para lograr ese cambio?
–Se requeriría algún tipo de pacto fiscal y, dentro de éste, el incremento de algún tipo de impuestos para que el Estado pueda recaudar recursos adicionales que le permitan reforzar la educación pública. Esa también es una deuda pendiente porque Chile tiene una carga tributaria baja para su nivel de desarrollo. Pero el problema es básicamente la falta de interlocución. El gobierno no ha encontrado espacios de interlocución, operadores que se sienten a conversar con los dirigentes estudiantiles. El intercambio sistémico tiene que ser una política de Estado aprobada por el Congreso, y pautada en el tiempo, que apunte hacia una reducción de la brecha entre la educación pública y privada en términos de calidad.
–En el libro, usted expone una serie de aspectos relacionados con la baja sindicalización que existe en los jóvenes. En ese sentido, ¿qué diferencias conceptuales existen entre la flexibilidad laboral y la precarización?
–Argentina es un país muy particular en ese sentido, quizá porque el neoliberalismo en los ’90 se dio de manera muy fuerte y la flexibilización laboral redundó, sobre todo, en precarización. Durante el menemismo, la estructura productiva y un rol institucional del trabajo hizo que el desempleo fuera muy alto, incluso durante los años de crecimiento. La flexibilización laboral, sobre todo vista desde la izquierda, tiene una connotación básicamente negativa. Pero hay una diferencia entre ambas situaciones. Hay un ámbito de flexibilización en el que los jóvenes, por lo menos de cierto sector social para arriba, parecen sentirse cómodos.
–¿Por qué?
–Porque está relacionada con el hecho de no tener trabajos perdurables en el tiempo, sino trabajos que cambien sus rutinas, que no tengan un horario fijo, en los que se trabaje desde la casa, y más contra el producto que contra las horas de trabajo. Estos rasgos de la flexibilización son positivos y, en general, la juventud los valora, porque forman parte de una visión del mundo nuevo, donde se busca congeniar la ambición de autonomía personal con los medios de supervivencia. La precarización es algo que se resiste, más aún desde la juventud, que es más víctima de este fenómeno. La juventud entra al mercado laboral con tremendas dificultades, el desempleo juvenil en algunos países es el doble y en otros el triple que el desempleo adulto. Los adultos venimos de una tradición más corporativa y, por ende, tenemos más garantías laborales que los jóvenes. La idea de facilitarles a los jóvenes el ingreso al mercado laboral a cambio de tener menores garantías es una negociación que siempre ha sido conflictiva para ellos; esto ha evocado unas tremendas movilizaciones de protesta en Francia hace algunos años.
–¿La precarización laboral es un fenómeno generacional o de época?
–Hay una cosa epocal, una tendencia creciente a la inestabilidad laboral. Entre 1970 y la actualidad se redujo sistemáticamente el promedio de tiempo que permanece una persona en un mismo trabajo. Se ha instalado como algo normal el que una persona tenga distintos trabajos, en empresas distintas, y hasta en actividades diferentes, a lo largo de su vida. La velocidad del cambio productivo es muy grande, el trabajo ha perdido un poco la centralidad de ser el gran referente de la inclusión e integración sociales y, efectivamente, está menos protegido. Hay aspectos lógicos y otros ideológicos en este fenómeno.
–¿En qué se traduce cada uno?
–La idea de que la flexibilización es necesaria en un mundo, tal y como se produce ahora, para mantener y elevar los niveles de productividad. Es una especie de dogma. En América latina, los que profesan la flexibilización fuerte de la productividad no lo hacen necesariamente a voluntad, porque hay poca inversión productiva. Siguen siendo países de baja productividad y con una profunda brecha en términos de productividad entre distintos grupos, entonces la productividad de la flexibilización no parece aportar. Distinto es el caso europeo.
–¿Qué lo distingue? Allí también hay muchas reivindicaciones de los trabajadores en contra de la flexibilización.
–Pero allí la flexibilidad está amarrada a continuos procesos de negociación tripartita, entre el Estado, el mundo empresarial y el mundo del trabajador. Es un sistema completamente distinto que, además, va acompañado de un Estado de bienestar que amortigua los golpes y los mantiene en un estado de flexiseguridad.
–En España, más allá del alto nivel de desempleo actual, ya en 2006 y 2007 había un alto porcentaje de jóvenes con trabajos precarios.
–España, particularmente, viene arrastrando una crisis desde el 2007, y hay que ver qué va a pasar de aquí hacia adelante. En el caso de los europeos, se cruzan varias cuestiones. Hay países con un endeudamiento público terrible y una necesidad de que el Estado sea garante frente a los bancos, entonces tienen fuertes procesos de ajuste que hacen que no se sepa cómo se mantendrá el gasto social. En esos países, los seguros de desempleo son un componente muy importante. El otro componente importante relacionado con el cambio demográfico es la salud para los viejos y las jubilaciones. Hay un signo de interrogación sobre cómo se va a compatibilizar, en el mediano plazo –aunque se supere la crisis–, el cambio demográfico con la sustentabilidad del Estado de bienestar.
–Frente a ese cambio demográfico, la inmigración ha sido un factor importante, porque les permitía detener el envejecimiento de la población y aportar a la seguridad social.
–Claro, porque todos los inmigrantes son relativamente jóvenes y están en edad productiva plena. Eso lo seguirán usando aunque de manera bastante contradictoria porque van a regenerar brotes de sentimiento xenófobos.
–En Buenos Aires, la asociación civil Periodismo Social y la Universidad Austral realizaron un monitoreo sobre la cobertura de los temas de infancia y adolescencia en noticieros de TV argentina. Hallaron que el 12 por ciento de la cobertura está referida a jóvenes y que, de ese porcentaje, casi la mitad son noticias sobre hechos violentos. ¿Qué grado de incidencia cree que tienen los medios sobre la percepción social de los jóvenes?
–Ese ejemplo es bastante universalizable. Los medios, en casi todos los países, están bastante invadidos por la crónica roja: cerca del 30 por ciento de las noticias es crónica roja. Hay una construcción mediática del joven que lo estigmatiza como potencial delincuente, potencial marginal. En el imaginario social hay construcción del joven como amenaza social. Eso luego pasa al discurso de la seguridad ciudadana. En ese marco, la juventud está asociada al discurso del riesgo y esto significaba que era el grupo que había que proteger. Luego, por una especie de vecindad semántica, pasó de ser grupo de riesgo para sí mismo a grupo de riesgo para los demás, es decir, generador del riesgo. Y como hoy el discurso de la seguridad ciudadana permea tan fuerte, en muchos países la gente dice: “el mayor problema de la sociedad es la inseguridad”, y lo vincula a este grupo de riesgo que es la juventud. Hay otro elemento más especulativo que, aunque no puedo comprobar, no descartaría.
–¿De qué se trata?
–La juventud es un grupo que, por sus características de edad, como de cultura y educación, es una amenaza permanente de relevo en el trabajo para los adultos. La juventud está mucho más preparada para nuevas formas de flexibilización, formas de producir, un mundo más intensivo en tecnología y acceso al conocimiento en el trabajo cotidiano: son más adaptables, más plásticos, más dinámicos. Confieso que hay una construcción fóbica de la nueva generación como una generación que te va a desplazar en un momento en que uno no quiere ser desplazado. Es decir que puede haber por ese lado una sensación de amenaza también.

lunes, 19 de diciembre de 2011

"Ni damas ni cortesanas, señor Presidente"

por Natalia Flores, Observatorio Género y Equidad (Chile)

Mientras la Ministra del Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM), Carolina Schmidt, anunciaba una querella en contra del bloguero que denostaba a través de Internet a mujeres con sobrepeso, por considerarlo "misógino y sexista", el Presidente Sebastián Piñera realizaba en la clausura de la XIII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno en la localidad de Tuxtla, en México, declaraciones que bien podrían considerarse en la misma línea.

"Cuando una dama dice que 'no' quiere decir 'tal vez', cuando dice 'tal vez' quiere decir que 'sí', cuando dice que 'sí' no es dama", explicaba el Presidente ante sus pares de la región para exponer la diferencia entre los políticos y las mujeres.

Muchas y muchos podrían entender este "exabrupto" como una broma más del mandatario chileno y restarle importancia, aludiendo a que el Presidente Piñera tiene un gran sentido del humor. No obstante, si analizamos el implícito que conlleva esta afirmación, lo más posible es que dejemos de reír.

Cuando una dama dice que 'no' quiere decir 'tal vez'. Dicha afirmación da cuenta que el Presidente de la República, no está al tanto del trabajo que por más de 30 años ha realizado el Movimiento de Mujeres para instalar, en las políticas publicas, la necesidad de realizar campañas de educación que reafirmen que "cuando una mujer dice NO es NO". Tampoco pareciera comprender las modificaciones legales que se han realizado en Chile, para profundizar el entendimiento del tipo penal de la violación sexual dentro o fuera del matrimonio. Incluso, es posible pensar que el Presidente no esté al tanto de los 38 femicidios ocurridos en el país. Mujeres que dijeron NO a la violencia ejercida a manos de sus parejas o ex parejas.

Cuando dice 'tal vez' quiere decir que 'sí'. La creencia machista y patriarcal, suele justificar las agresiones contra las mujeres con representaciones simbólicas y a través de ellas daríamos un "incentivo" para desarrollarlas. Frases como "se lo buscó, usaba una mini muy corta", "si no andaba buscando acción para que salió con ese escote", "si me invitó a su departamento era para acostarnos, si no para qué", son entendidas como un "tal vez" de algo claramente sexual que no se dice, pero se insinúa. Es así como en Chile, entre enero y septiembre de 2011, se denunciaron más de 900 casos de violaciones sexuales, cifras que al parecer el Presidente de la República desconoce.

Cuando dice que 'sí' no es dama. Me pregunto en este punto ¿qué es ser una dama para el señor Piñera? Claramente no lo es la mujer que decide sobre su cuerpo, porque se siente dueña de èl, y determina con quién, cuando y como tener encuentros sexuales. Quizás el Presidente se está remitiendo a la definición que hace la RAE de las "no damas", es decir, mujeres de poca nobleza y sin distinción, podríamos decir casquivanas de primer orden.

Las constantes equivocaciones o declaraciones fuera de lugar, que el Presidente ha venido acostumbrando a las y los ciudadanos chilenos, han sido denominadas “piñericosas”. Puede resultar gracioso que cambie un nombre por otro, que en un afán de mostrarse más intelectual le dé categoría de real a un personaje ficticio de la literatura, pero cuando hablamos de argumentos a través de los cuales se ha justificado la violencia contra las mujeres esto deja de tener gracia.

Como ciudadana espero que quien ocupa la más alta magistratura de mi país tenga la capacidad de asumir su responsabilidad como cabeza de un país, es decir, mantener una conducta consistente y coherente tanto a través de las políticas publicas como en el lenguaje en que se expresa donde no quede ni una duda de su compromiso con los derechos de las mujeres. Lamentablemente el Presidente Piñera deja nuevamente entrever una mirada misógena, una ideología profundamente sexista y machista, y no sólo de él sino del Gobierno que dirige ya que no basta que la Ministra que se desvive por acusar judicialmente a un bloguero sólo mencione que no le gusto el "chiste" del Pdte a través de twitter.

Esta "ni tan dama ni tan cortesana" quisiera recordarle al Señor Presidente que con su "chiste" ofendió a quienes formamos más del 50% no sólo de la población chilena sino también de su padrón electoral que hemos aprendido del concepto de control ciudadano y social... y que lo sabemos usar.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Jorge Rivas: “Seguimos ampliando derechos”

del Blog de Jorge Rivas

“Hemos producido nuevos avances en el proceso democrático de reconocimiento y ampliación de derechos que está en curso en nuestro país desde hace ocho años”, afirmó hoy el diputado socialista Jorge Rivas, luego de la sesión de la Cámara en la que se dio media sanción, entre otros proyectos, a los de muerte digna y de identidad de género.

El propio Rivas es el autor de una de las iniciativas a partir de las cuales se arribó a un dictamen unificado a fin de que se sancione el derecho del paciente enfermo en situación terminal, estado irreversible o de agonía a tomar una decisión autónoma respecto de la suspensión o limitación del esfuerzo terapéutico cuando tal medida de soporte vital resulta fútil, y a recibir cuidados paliativos integrales y un adecuado tratamiento del dolor en el proceso de muerte.

Respecto del derecho de las personas a que se les reconozca a todos los efectos la identidad de género que ellas mismas reclaman para sí, el legislador sostuvo que se trata de “una reivindicación sostenida consecuentemente por los socialistas, otra más que encuentra su realización legal en el marco del proyecto democrático y popular que encabeza Cristina Fernández”.

miércoles, 26 de octubre de 2011

¡¡Vamos Por un Nuevo Junín!!











En una elección histórica para muchos de nosotros, el Socialismo para la Victoria de Junín consiguió una banca en el Concejo Deliberante y mantener la representación en el Consejo Escolar. A partir del 10 de diciembre, Mariano Fernández seguirá como Consejero Escolar y Juan Manuel Sequeira ingresará, junto con otros tres compañeros de Por un Nuevo Junín, al Concejo Deliberante de nuestra ciudad. Desde agosto del 2000 hasta diciembre del 2005, y desde 2007, y ahora por 4 años más, los socialistas de Junín  hemos podido mantener la representación gracias al apoyo popular.


En este caso, la alegría es muy grande ya que además podemos decir con orgullo que somos parte de una construcción que con militancia y tesón, quedó a 4 puntos de ganar el municipio. Queríamos ganar, y no lo logramos, queríamos subir a nuestra ciudad en el tren del proyecto nacional y popular del Frente para la Victoria y no nos alcanzó. Pero de no tener ningún concejal, ahora tenemos cuatro.


Por un Nuevo Junín, el espacio que promovió, sostuvo e instaló la candidatura de Gustavo Traverso a Intendente es un espacio abierto, plural, inclusivo y con una fuerza militante arrolladora. Desde los primeros plenarios, desde el momento fundacional, cuando no éramos más que un puñado de viejos militantes políticos y nuevos simpatizantes seducidos por el gobierno de los Kirchner, a hoy, hemos tenido muchos logros: más de 19.000 votos (el 37%), la participación entusiasta y comprometida de todas las líneas del peronismo referenciadas en CFK, y el compañerismo con otros partidos políticos aliados, como por ejemplo nosotros, los Socialistas para la Victoria.


Compañeros, es nuestro compromiso y voluntad seguir en este camino, para mantener lo logrado y crecer lo necesario para alcanzar, por fin, Vivir Mejor.


¡Hasta la Victoria!